Acaban de dar las doce. Hora Calabaza.
También acabo de borrar tu teléfono, todos tus mensajes, todos los que te he enviado y todos los que tenía en borradores y el registro de llamadas.
También he borrado tus mails. La etiqueta de color calabaza que pone Estrellita y todos los mails que contenía. Trescientas veintiuna conversaciones. Ni te cuento lo que me ha costado hacerlo.
Intentaba borrarte a ti, pero no lo consigo.
Intento sacar la parte más racional de mí. Y hago una lista mental de esas horripilantes. Casi todo es negativo: egocéntrico, narcisista, egoísta, la tiene pequeña, frívolo, materialista.... y sin embargo, aquí ando... haciendo esa lista.
Si la debilidad hace que algún día aporreé tu puerta, hazme un favor: no me abras. No me abras nunca más. No me llames. Y si un día me ves por la calle, no me lo digas. No quiero saber nada de ti.
Necesito limpiar mi corazón para poder encontrar a alguien que sepa quererme de verdad, que me admire de verdad, que me mire a los ojos de verdad, que quiera a mi hija de verdad, que me vea y me escuche de verdad. Que no me llene de palabras vacías, como si me estuviera vendiendo un firewall. Y si andas por aquí, no puedo hacerlo. Yo no soy como tú. Yo soy de verdad.
Y si un día dejas de ser muñeco de trapo, y quieres a alguien de verdad y nos volvemos a cruzar, me alegraré entonces de haberte conocido. Desde que te volví a ver en la Estación de Francia el otro día, no dejo de pensar que ojalá no lo hubiera hecho nunca: ojalá no te hubiera conocido.